LA HACIENDA SAN JOSÉ

A Luisa, mi abuela,
y a mis padres Elías y Augusta,
in memóriam

Las narraciones de mi vida no siempre se referirán a mi casa natal ni a mi Barrio de Libertad, ni al Pasaje Ríos ni al Pasaje Ronald, ni a la Plazuela de la Independencia ni a la Pérgola, ni al Malecón ni al Cañón del Pato, ni a la pulpería del Chino de las Tres Puertas ni al antiguo edificio de la Municipalidad, ni a la Plaza Chica ni a la Plaza Grande, ni a cualquier otro sitio o persona o circunstancia del Callao. Hay otros lugares fuera de nuestra Ciudad Portuaria que también acogieron mis días y me emociona recordarlos, localidades a las que evoco con especial cariño, sin que tampoco excluya puntos geográficos más allá de las fronteras del Perú. Como se ve, ni en esto ni en lo demás soy ninguna excepción porque mi biografía en innumerables aspectos ha sido y es análoga a la de otros chalacos, a la de otros peruanos, y a gentes de otros países, Continentes y culturas. Pensando en este contexto, uno de los episodios de mi niñez que vibrantemente recuerdo es el relacionado con la heredad que lleva por título la presente crónica.
Habré de empezar diciendo que no mucho tiempo antes de su matrimonio religioso, verificado en la capillita del preventorio-sanatorio de Collique el jueves 19 de marzo de 1942, mi padre fue a trabajar a aquella finca rústica iqueña – Hacienda San José – en calidad de cajero y tenedor de libros. Obviamente, luego que hubo contraído matrimonio, llevó a su mujer, mi madre, a vivir con él, lo que no significó obstáculo para, concluyendo ella su gravidez, en días ya próximos al alumbramiento, en el lapso de dos años, sucesivamente en El Callao y Barrio Libertad naciésemos mi hermana Diana (22.01.1943) y yo (15.01.1945). Luis Eduardo, el tercero y último en venir al mundo, hizo su aparición después de un sexenio, pero no en El Callao sino en el Hospital Obrero de la Ciudad de Ica (20.03.1951), erigido en la Avenida Matías Manzanilla, alumbramiento que cerró la etapa paterna de residencia en el sur. Pocos meses después del mencionado postrero parto materno definitivamente mis padres se mudaron al Callao.
La Hacienda San José de Ica se hallaba cuanto más a kilómetro y medio de la Plaza de Armas, y se llegaba a ella con sólo tomar la dirección hacia Huacachina. La Hacienda San José pertenecía a la familia de don Alfredo Malatesta León, quien abrió los ojos a la vida en la Ciudad de Ayacucho el 30 de marzo del año del Señor de 1874, y los cerró en Ica el domingo 19 de marzo de 1950 -hay fuentes que consignan su muerte con fecha de viernes 19 de mayo-, a la edad de 76 años, aunque a mí me pareciera mucho más viejo. De haber pasado a mejor vida en la primera de las fechas entonces su deceso acaeció justo al octavo aniversario de matrimonio de mis padres. Su esposa y viuda se llamó María Antonia Boza Ocampo, muerta también en domingo, pero el del 15 de octubre de 1967, en su octogésimo séptimo año de existencia. Ambos se habían casado en la misma Ica, nupcias que se efectuaron el 08 de septiembre de 1899. Recuerdo que unos meses antes de su óbito, celebrando sus bodas de oro matrimoniales (08.09.1949) hubo en la hacienda juegos, procesiones, romerías, feria y fanfarrias: misas y ofrendas, carreras de encostalados, trepadores de palos ensebados, garroteadores de ollas de barro conteniendo arena, ceniza y algunas monedas, diversiones de gente con cara tiznada, y canciones, muchas canciones, una de las cuales consistía por toda letra en el estribillo bodas de oro de amor, que se repitió por varias jornadas. Recuerdo la tonada, pero he olvidado qué otras palabras o estrofas tenía, y casi me inclino a pensar que aparte de las consabidas bodas de oro de amor no había nada más para entonar.

Don Alfredo (1874-1950) y doña María Antonia (1880-1967), en compañía de su hija María Clemencia (¿?-2006)
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Una de las más entusiastas, si resulta correcto llamarla de las más entusiastas -arrebatados y frenéticos estaban y eran por esas fechas todos ellos-, fue la señorita doña Marujita, la benjaminita de la familia, de nombre igual al de su madre: María Antonia. Alta de estatura, con anteojos de marcos amarronados opacos y vidrios gruesos, gruesísimos, que le daban aire de intelectual sin serlo. En determinado momento Marujita señaló al cielo con el índice de su diestra, y empezó a gritar a voz en cuello:
¡Miren el firmamento!: … ¡Hasta el cielo está feliz! … ¡¡¡Ha cambiado de color…!!! … ¿No es cierto, padre? … ¿No lo ve usted padre…?
A lo que el clérigo a quien ella se dirigió hubo de balbucear:
– Aaah,… ¡La grandeza de Dios! … ¡¡¡La grandeza de Dios…!!! … ¡¡¡Alabemos al Señor…!!! …
… respondió él juntando las manos sobre el abdomen, mirando hacia arriba y poniendo los ojos en blanco en el juego de adoptar gestos faciales de creerse lo que la señorita doña Marujita decía y él ahora confirmaba. Lo más seguro, ratifico yo sin temor a equivocarme, fue que en ese instante el reverendo ocupaba ambos hemisferios cerebrales discurriendo en los suculentos manjares y en el excelente vino y pisco salidos de los lagares de San Pepe con que los esposos Malatesta Boza lo regalaron y gratificaron de principio a fin.

Doña Rosa (1908-1989) y doña María Antonia -Marujita- (¿?-2005)
Hda. San José
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Aparentemente, la bóveda cósmica había adquirido coloración celeste, muy especial: azulado claro paradisíaco, lo cual fue motivo para más canciones, y para nuevas arremetidas melódicas con mayor cantidad de voces y en octavas más altas.
Como dije, hubo misas, homilías, sermones, prédicas, discursos, letanías, invocaciones, súplicas, rogativas y demás solemnidades como bien correspondía a familia tan cristiana y católica. Lo era tanto que poseía su propia capilla, su propia iglesita, con torre, cruz y campana, a la que don Alfredo jalando una cuerda hacía dindondonear a las 12.00 del mediodía y a las 6.00 de la tarde, invitando a la recitación de El Ángelus:
– El Ángel del Señor anunció a María.
– Y concibió por obra del Espíritu Santo.
– Dios te salve, María… Santa María…
etc., etc.
Después del Ángelus venía el rosario: largo, acongojado, afligido, compungido, contrito, circunstanciando según el día que correspondiese: misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. Los misterios luminosos todavía no se habían inventado (2002). Después del desahogo espiritual, que teniendo en cuenta la época seguro que coincidió con la vendimia, llegaba la carga o ataque al condumio.
Entre rezos y más rezos, en las horas tórridas del día, cuando el Sol veraniego derretía sesos implacablemente, don Alfredo y los suyos, sentados en sendos asientos y poltronas de mimbre descansaban a la sombra tratando de tomar el fresco, ayudándose cada uno armado de su respectivo abanico ovalado tejido en esterilla o en tiras de palmas. El lugar hallábase debajo del alero de la casa-hacienda, y era un patio o corredor enlosetado que daba de frente al jardín central del referido edificio: pórtico abierto de varios metros de anchura, que extendíase a lo largo de la fachada principal. Entre la puerta de entrada a la casa-hacienda y el portón del templo había y sigue habiendo grandes ventanas. Su techo era prolongación del de la casa-hacienda, y se sostenía por columnas en el extremo que daba al tantas veces mencionado jardín central. Por estas columnatas escalaban trepadoras que llegaban hasta el borde de la techumbre saliente. Las buganvillas dábanle al edificio singular atractivo.

Arquería en uno de los extremos de la casa-hacienda.
Obsérvese a la derecha la torre de la capilla.
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Para variar, refiriéndome a tan patriarcales y sanas costumbres, jamás faltó servicio religioso ni santa misa los domingos y demás fiestas de guardar, donde en pleno asistían don Alfredo, familia, parientes, amigos visitantes, conocidos y demás relacionados, acompañados de gran parte de los trabajadores de la hacienda.
Aparte de las religiosas, el señor don Alfredo fue hombre de muchas otras virtudes. El señor don Alfredo fue persona de espíritu empresarial, de bastante capacidad de trabajo y organización. De algunas dejaremos constancia en esta verídica narración. Según escuché de mi propio padre, oportunidad hubo que fue testigo de cuando a una estatua de madera de la capilla, influida por la ley de la gravitación universal se vino al suelo haciéndosele añicos el brazo que sujetaba el cayado de pastor de almas. Averiada y en tan calamitoso estado se la llevaron a don Alfredo. Vio la situación en que se hallaba la santa extremidad superior del venerable canonizado, entornó los ojos mirándola e hizo sus mediciones y cálculos mentales. Acto seguido se convirtió en el médico de quien en vida fuera casto e inmaculado varón, y se hallaba convertido ahora en infortunado ídolo de palo. El resultado para tan respetabilísima imagen fue la hechura de miembro nuevo con báculo y todo, pero no miembro cualquiera, sino de maestría tan acabada, tan de magistral y consumada perfección que nadie se hubiera dado cuenta de la recuperación corporal sin estar en autos sacramentales.
Don Alfredo, reitero, fue hombre laborioso y empresario nato, con múltiples y diversas habilidades, como se ha visto, agregando nosotros noticia para encomio eterno, que de propia industria y destreza personales fabricó máquina desmotadora, separadora de la semilla y de la fibra del algodón, evitándoles de los recogedores la ardua y lenta labor espulgatoria. Recogedores se les decía a quienes realizaban manualmente esta tediosa ocupación. Los recuerdo cuando realizaban su faena distribuyéndose por las veredas y vías adyacentes al jardín central, en parejas alrededor a su respectivo montoncito o cúmulo blanco de algodón.
Fue también él quien llevó a Ica los primeros automóviles, y el primer tractor para uso y empleo en el campo. Antes de él no hubo ni automóviles ni tractores, sólo borricos, de los parsimoniosos y flemáticos, como gozan de fama y renombre los burros de aquella felicísima región sureña. Después de don Alfredo, las chacras iqueñas fueron diferentes. Su dedicación e industria marcaron, como se aprecia, un antes y un después. Fue el elemento activo y consciente que en ese punto dichoso del Perú permitió el tránsito de una época a otra época. Más adelante me referiré a estas máquinas – carros y tractor –, que por los tiempos de mi niñez dormían el sueño de los justos al lado de la laguna que había en la parte de atrás de las bodegas y lagares, a uno de los costados de la Hacienda.

Don Alfredo Malatesta León (1874-1950)
Fuente: Foto obtenida de internet

Que recuerde, rara fue la vez cuando no se viera alguna sotana como huésped de los Malatesta Boza, y, sin menosprecio para nadie, no sólo curita de misa y paila sino de verdaderos purpurados, con solideo o inviolados bonete violados que, según dicen, es el séptimo color del espectro solar. En cierta ocasión – fue principios de 1951 –, visitaba la Hacienda uno de estos prelados a quien Jimmy, nieto pequeño de los Malatesta – pocos meses mayor que yo, hijito de don Carlos Malatesta Boza y de la Guinga (Guinga porque la señora no podía ponunciar la palabra Gringa) que así le decían a la dama estadounidense de origen, señora Spalding, madre de Jimmy-, le preguntó:
– Padre,… ¿Sabe usted que sucedería si cayera corea?
– Si cayera Corea … ¡¿Si cayera Corea …?!
– Sí, padre: si cayera corea.
– Pues no, Jimmy, no se me ocurre qué pasaría si cayera Corea.
– Si cayera corea, padre, seguro también cayendo pantarón.
Ignoro con exactitud cuál fue su extensión en hectáreas, que no debía ser tan pequeña donde existían viñedos espaciosos y se vendimiaba uvas de varios tipos, y cosechaba algodón, amén de árboles frutales, cuyas frutas muchas veces, para jolgorio de cerdos se pudrían antes que repartírselas a los hijos de los recogedores y a los de los de las rancherías.
Como en aquella etapa espacio-tiempo-histórica mi vida se hallaba relacionada con la Hacienda San José, antes de continuar haré un paréntesis e interrumpiré la secuencia de la narración para irnos 320 kilómetros hacia el norte, hasta El Callao, y referir cómo fueron los días previos a cada uno de nuestros viajes a la ciudad de San Jerónimo de Ica.
Uno o dos días antes de la partida se verificaba conversación telefónica entre mi abuela paterna, Lucha, con quien vivíamos en la casa de la Calle Libertad, y mi padre, que se hallaba en la Hacienda ocupado en sus asuntos de caja y libros de contabilidad. Era para informarle acerca de nuestra marcha, según estaba concertado que hacíamos tanto para las vacaciones de medio año, de Fiestas Patrias, como para las de verano. Escuchaba desde donde yo estaba, junto a mi abuela Lucha cuando ella le hablaba, y su voz se incrementaba, se intensificaba a ratos. Otro tanto debía suceder con la de mi padre, ora hablando más bajo ora más alto e, inclusive, hasta gritando en circunstancias que la voz alámbrica de ambos quedábase convertida en hilito quebradizo que rompíase por momentos, que íbase irremediablemente para retornar poco después:
– Aló … Sí, Elías … Viajaremos mañana. Saldremos por la agencia del Pacífico … No, no por Roggero sino por la del Pacífico, no a las ocho de la mañana sino después de mediodía … Llegaremos de noche, a la hora acostumbrada. … ¿Sí…? … ¡¡¡¿Sííí?!!!: … Los muchachos están bien. Ellos ya quieren ir a Ica para verte a ti y ver a su mamá. Quieren también ir a la Huega y a Huacachina … Sí … sí iremos con cuidado, no te preocupes … Anda a recogernos para cuando lleguemos.
Mi padre no requería que le recomendaran su asistencia porque siempre estuvo en su puesto.
Todo esto lo decía mi abuela apretándose el auricular en forma de pera contra la oreja derecha y agarrando el micrófono con la izquierda. El teléfono no era de mesa, como después hubo, sino de pared: estaba sujeto a la altura de su cara. El micrófono, como bocina de vitrola, si bien pequeño, encontrábase adjunto a la caja negra del teléfono, al que había que acercarse y casi meter los labios, como para que no se perdiese ningún decibelio, ninguna onda sonora, ninguna ondulación acústica.
Llegado el día del viaje mi abuela Lucha llamaba un carro de plaza para que nos llevara a Lima. Al carro de plaza por entonces se le decía carro de plaza porque la palabra taxi no era de uso popular, como que tampoco en el Perú había taxímetros. Su paradero habitual era en la esquina de la Calle Miller, casi llegando a la Calle Lima. Solía ser éste uno de esos carromatos cuadrilongos al que sólo le faltaban los caballos y el pescante. Eran amplios y cómodos. En la parte de atrás holgadamente cabíamos mi abuela, mi hermana Diana y yo con las piernas estiradas, más los bultos que transportábamos, que tampoco eran tantos. Nos recogía, pues: lo tomábamos en la puerta de casa. Rodábamos calle abajo de Libertad hasta desembocar en la de Miller; de allí, a la Calle Lima, que era de dos sentidos, fluyendo incesantes automóviles y tranvías de aquí para allá y de allá para acá. Allí estaban la Bodega Olcese, el Cine Porteño, el Chifa Cantón y la tienda de caramelos de don Juanito. Siguiendo de frente por la Colonial veíamos el Cementerio Baquíjano, camposanto al que inexorablemente mi abuela señalando sentenciaba: Aquí vendremos todos … Antes o después, nadie se libra de venir acá.
Más adelante, con un poco más de recorrido, pasábamos por el costado del depósito de los eléctricos (tranvías), que quedaba a escasos metros de la comisaría y de la Iglesia de La Legua, con su abrevadero redondo -amplio pilón que en su día sirvió para refrescar acémilas-, justo allí donde ahora está el paso a desnivel, donde por arriba la Avenida Faucett -viniendo desde la de La Marina atraviesa la Venezuela y La Colonial-, y va hacia el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez.
Avanzando más todavía hacia Lima nos deleitábamos con los árboles de la Unidad Vecinal número Tres, hasta alcanzar después la de Mirones, que se edificaba por los tiempos que describo. Llegábamos a La Plaza Dos de Mayo y, de manera paralela a la línea del tranvía subíamos por La Colmena. Bordeábamos la Plaza San Martín y continuábamos hasta la Universitaria, que salvábamos por el lado de la Casona de San Marcos hasta, después de tan larga travesía fondear junto a la puerta o portón de la sala de espera de la mencionada agencia de ómnibus Pacífico, ómnibus con carrocería pintada de plomo y verde
En el tradicional reloj de Lima de la torre de la Plaza Universitaria, las manecillas, ¡doble maravilla de maravillas!, funcionaban y hasta daban la hora exacta. Como por lo general llegábamos con cierta anticipación (por entonces se compraba los pasajes no al instante de partir sino varios días antes), mi abuela Lucha se daba tiempo para ir a ver su vetusto colegio, allí donde de niña estuvo interna, y entrevistarse con su antigua maestra. Era ésta monjita octogenaria larga, incluso diría hasta nonagenaria, de semblante benévolo, clemente, afectuoso. Apoyábase en un bastón. De hábito negro y amplia pechera -daba la impresión de ser descomunal babero- casi le alcanzaba la cintura. Sobre la cabeza lucía cofia blanca de monumental proporción, alada, como albas alas desplegadas de cisne, de inmensa ave nívea batiéndolas para despegar, como si la monjita hastiada de este mundo se esforzara por alzarse hasta los cielos y gozarse contemplando el divino rostro del Creador. Ambas se abrazaban y recordaban tiempos idos, de cuando mi abuela Lucha era niña y la monjita, mujer joven y valedora y abogada de mi abuela. Tiempos añorados, evocados, invocados y reiteradamente recapitulados en las vacaciones de invierno y de verano. Al despedirnos, su maestra la abrazaba nuevamente, y nos acariciaba la cabeza a mi hermana Diana y a mí. La recuerdo en la distancia y siento su cariñosa, tenue, delicada, sutil y frágil mano palpándome maternalmente, bisabuelablemente, la cabeza.
Insistiendo en lo dicho repetiré que por aquel tiempo, según me parece, había dos empresas de ómnibus que hacían el servicio Lima-Ica-Lima: Pacífico y, Roggero. Ambas tenían su oficina y punto de embarque-desembarque al final del Parque Universitario, allí donde ahora está la Avenida Abancay, al otro extremo de la diagonal por donde en aquella lejanísima época, durante el período de don Manuel Odría se construyó el Edificio del Ministerio de Educación.
Una vez acomodados los viajeros en el ómnibus, arrancaba éste y seguíamos la ruta del tranvía hacia Chorrillos, por donde en años posteriores el alcalde don Luis Bedoya Reyes mandó sacar sus rieles para cavar y hacer El Zanjón. Llegados que habíamos a la Carretera Panamericana era sólo cuestión de tiempo astronómico transitar hasta Mala – donde se compraba manzanas y alfajorcitos envueltos en papel blanco, así como hasta ahora ocurre –, entrar en Cañete, ingresar a Chincha y a Pisco, con sus respectivas paradas, bajada de usuarios, subida de otros; trasiego de bultos a la y de la parrilla del techo del vehículo, etc. Durante el interminable trayecto, veíamos infinidad de lagunas, ciénagas, charcos y lodazales con cañas y juncos en sus orillas, con vastísimas muchedumbres de habitantes alados de todos los tamaños, de plumas de variados colores, residentes temporales o perennes de esos puquiales y humedales. Igualmente, en partes del camino asomaban a la superficie retazos níveos en el desierto: algodonales, que después se perdieron por la invención de las telas sintéticas.
No sé ni cuántas veces durante las ocho o nueve horas que duraba el viaje Diana y yo nos quedábamos dormidos. Yo entretenía el kilometraje contando los postes telefónicos y mi abuela me explicaba que por los hilos de alambre tendidos entre ellos conversaban ella, desde El Callao, y mis padres, desde Ica, sin que me imaginara cómo podía ocurrir tamaño prodigio. Recuerdo que las sombras de los postes y del mismo ómnibus se alargaban hasta perderse al anochecer, hasta zambullirse o desvanecerse en la negrura que nos envolvía al desaparecer el Sol en el océano, hasta hacerse invisibles porque todo quedaba sumido en la oscuridad más profunda. Arriba sólo titilaban las estrellas, sólo palpitaban los luceros más lejanos. La visión habría sido calurosamente saludada por astrónomos, que hubieran aprovechado en descubrir nuevos huecos negros, nuevas constelaciones y galaxias, aunque sólo fuera nebulosilla de mala muerte; pero en el ómnibus jamás viajó científico alguno. Los únicos huecos negros que nos estremecían eran los de la carretera. Sobre la testa del chofer, en la parte superior del parabrisas, había un crucifijo o un Corazón de Jesús ensartado de espinas, traspasado como anticucho, lonja cruda de carne sangrante, exangüe, con una bombita alargada en cuyo interior brillaba la cruz del suplicio conteniendo todos los pecados del mundo. En algún momento del interminable peregrinaje mi mamama Lucha nos despertaba y nos avisaba que estábamos pasando por Guadalupe, y que quedaba muy poco para llegar a Ica. Era imprescindible desperezarnos y arreglarnos para el reencuentro.

Mi madre con mi hermana Diana y conmigo, en la hamaca de la arquería que daba a la capilla (1945)
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Han transcurrido sesenta y cinco años y escucho como si percibiera ahora mismo el escape libre, el mufle sin silenciador, estrepitoso, estruendoso, callejonero, barraconero, alborotador del vehículo de la agencia Pacífico ingresando por la Avenida Matías Manzanilla: raaata ta ta ta … raaata ta ta ta …. Era como el grito de victoria por concluir triunfante tan larga odisea porque, en efecto, por comentario de adultos que escuché, la carretera tenía tantas curvas, subibajas, ondulaciones y torcimientos porque la empresa constructora cobró no por obra hecha sino por kilometraje. Se esmeró, pues, en hacerlo lo más largo y retorcido posible.
Bajábamos del ómnibus, cuyas oficinas quedaban a pocos metros del mercado de abastos. Allí estaba mi padre esperándonos. Nos iba a recoger en el camión de la Hacienda o, cuando lo tuvo, en su automóvil: auto inglés de color guinda y marca Standard Vanguard, que desde que lo compró lo bautizamos con el apelativo de chanchito.
Subíamos al chanchito y partíamos raudos hacia la Hacienda. Pronto pasábamos de largo la Plaza de Armas teniendo ésta a nuestra izquierda, con sus numerosos ¿ficus?, ¿robles?, ramosos, espesos, frondosos, umbrosos, hermosísimos, de troncos anchos, retorcidos, nervudos y poderosos que hundían sus raíces en la tierra, cargados de verdor y de años, que unos decenios después fueron podados y talados para remodelar algo tan encantador como fue ese lugar, y poner la pileta-piscina que ahora está. Sigo sin comprender cómo en el Perú nunca jamás encausaron ni sancionaron ni severamente penaron e impusieron castigos temporales ni vitalicios a alcaldes, síndicos concejales y hombres públicos; ni los sometieron al potro del suplicio en los calabozos de la Santa Inquisición, ni los recluyeron en El Frontón, ni los confinaron en El Cepa, ni los metieron en el Sexto, ni los enchironaron en la Penitenciaría de Lima, ni los enclaustraron de por vida en celdas de máxima seguridad de Sarita Colonia o de Lurigancho, ni los enjaularon con ratas y alacranes en el Alipio Ponce ni en ninguna mazmorra del Real Felipe, ni los trincaron y dejaron olvidados en bunkers del Palacio de Justicia, repito: a síndicos, a alcaldes y a presidentes de región mataárboles, arbolicidas reincidentes contumaces, parricidas del medio ambiente y matricidas de la Madre Naturaleza. Capítulo similar -mezcla de corrupción, de ignorancia y de miseria espiritual- es cómo demuelen, cómo destruyen exponentes arquitectónicos históricos con el pueril y criminal pretexto de modernización y progreso.
Pasado que habíamos el Hospital Obrero, doblábamos a la siniestra mano, porque pronto aparecía la finca de don Fulgencio y, más allá, el pozo que abastecía de agua a la Hacienda. Desde este punto y a no más de doscientos metros quedaba nuestro destino final, la Hacienda misma.
Los pensamientos y sentimientos más tiernos y dulces se me agolpan en el recuerdo, en el corazón, en el alma, en todos los recodos, recovecos y meandros del espíritu cuando rememoro aquellos instantes de nuestra llegada a la Hacienda San José. Era de noche. Las luces de los faroles hacían lo que podían para irradiar alguna luminiscencia. Focos lánguidos que, sin embargo permitían divisar el ambiente, esparcían su fantasmal iluminación al gran jardín central, a uno de cuyos lados estaba la casa-hacienda y, casi junto a ella, en otro del jardincillo lateral, la morada que habitaban mis padres.
Cuando llegábamos en invierno hacía frío, gelidez que me agradaba. Entrábamos en la casa y lo primero con que nos encontrábamos y veíamos era la mesa del comedor, mesa que mi padre había hecho con sus propias manos cuando se casó, como los demás muebles del hogar: aparador, sillones, repisas, armarios, etc. Iba yo entonces a la cocina, porque buscaba encontrarme con un aroma que me transportaba a otras dimensiones: allí había olor especial, una fragancia única, una sublime expresión imposible de describir que, a pesar de su inefabilidad y del tiempo que nos separa desde aquella lejanísima época no se me ha olvidado y llevo muy dentro de mí. Según la temporada, allí había cantidades de sandías, o de uvas, o de tunas, o de higos y pacaes, o de mangos, o de lo que fuese, pero siempre hubo algo.

El autor ante las fachadas -frontal a mi izquierda y lateral a mi derecha-
de la casa que habitamos en la Hacienda San José (1995).
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Conversábamos – las criaturas más escuchábamos –, nos enterábamos mutuamente cómo habían sido los meses de separación. Al poco rato el sueño nos vencía, y nos íbamos a dormir con mi abuela. Mi hermana Diana a un costado, yo, al otro, y mi abuela en el centro, abrazándonos, acurrucándonos, ciñéndonos con sus brazos y dándonos ese calor que me ha acompañado siempre y que jamás me abandonará. Dormíamos apacible, serena, plácidamente hasta que amanecía y salía el Sol, hasta que los pajaritos iqueños, sanjosecinos, sampepianos y hacendatarios despertaban con sus cantos para las labores diarias, trinos matinales que anunciaban la nueva jornada… ¡¿Será posible que haya habido tanta belleza, tanto encanto, tan grandiosa excelencia y primor en este mundo…?!
Entre los varios cantos cotidianos recuerdo las voces cantoras que mis padres escuchaban, y las letras de canciones que ellos, mis padres, entonaban. De la más antiguas que rememoro que él modulaba era este trozo que Carlitos Gardel recitaba:
El día que me quieras
No habrá más que armonía
Será clara la aurora
Y alegre el manantial
Traerá quieta la brisa
Rumor de melodía
Y nos darán las fuentes
Su canto de cristal…
El día que me quieras
Endulzará sus cuerdas
El pájaro cantor:
Florecerá la vida
No existirá el dolor…
También, la maravillosa voz de Libertad Lamarque salva la distancia y el tiempo. Entre sus canciones más en boga que oía y ahora saco del pasado es:
– Tarde que me invita a conversar con los recuerdos
Pena de esperarte y de llorar en este encierro
Tanto en mi amargura te busqué sin encontrarte
Cuándo mi alma, cuándo moriré para olvidarte.

Quiero verte una vez más, oh vida mía,
Y extasiarme en el mirar de tus pupilas,
Quiero verte una vez más aunque me digas
Que ya todo terminó y es inútil remover las cenizas de un amor…
etc., etc.
Mi padre, como eximio tanguero que fue, se sabía vida, milagros, canciones, venturas, aventuras, desventuras, travesuras y diabluras de Carlos Gardel, Hugo del Carril, Libertad Lamarque y demás exponentes y compositores de la música del género. En esto como en automóviles y automovilismo, y como en cinematografía, fue no una enciclopedia sino una biblioteca de enciclopedias.
Ya que recordamos, pongamos dos estrofas más de Libertad Lamarque … Café de los Angelitos:
Yo te evoco, perdido en la vida,
y enredado en los hilos del humo,
frente a un grato recuerdo que fumo
y a esta negra porción de café.
¡Rivadavia y Rincón!… Vieja esquina
de la antigua amistad que regresa,
coqueteando su gris en la mesa que está
meditando en sus noches de ayer.
Café de los Angelitos
etc.
La canción por entonces preferida de mi mamá:
– Isabelita,
porteña bonita,
figura exquisita
de gracia sin par.
——–
¡Isabelita!
La calle palpita,
la gente se agita
al verla pasar…
Y nadie sabe su gran dolor:
¡Isabelita busca un amor!
etc., etc.
Con frecuencia arrullador viento nos acunaba, nos sosegaba y adormecía corriendo entre las ramas y hojas de los árboles, con melodía imposible de borrar. El viento y el Sol iqueños, como las brisas marinas y el Astro Rey chalacos, contribuyeron para que fuera feliz, para que me sintiera y fuera dichoso. El rumor y susurro de las brisas, como la calidez solar, caminaron desde entonces conmigo de la mano.
Nos levantábamos, desayunábamos y salíamos de la casa. Me gustaba escuchar el trabajo de la segadora que uno de los jardineros sobre el césped accionaba -rasss… rassss… rasssss-, y cómo con el reguilete regaban por aspersión el césped y las flores. Me embargaba la fragancia de los jazmines, con sus preciosos pétalos blancos; de los geranios rojos, blancos y rosados, y de infinidad de plantas y flores que embellecían el ambiente y deleitaban el olfato. Así como la luz y las sombras cambian con el correr del día, modificábanse los colores ofreciéndome gamas y matices inesperados, y los olores de las flores emitían distintas fragancias con peculiares efluvios iqueños. Afuera estaba el jardín central, con sus árboles de goma, lágrimas resinosas que nosotros separábamos del tronco y sacábamos pellizcándolas; con sus cactus de pencas gruesas y espinosas. Palpaba cuidadosamente las púas sobre el tronco verdoso de un uña de gato, madero grueso y poderoso, que una tarde fue arrancado de cuajo por paracas repentino, violento. Jardín cuadrado, alrededor del cual sucesivamente se hallaba un depósito de herramientas, un almacén de algodón, que le decían colca – que tenía espacio para guardar un auto –, y nuestra casa. Al costado de nuestra casa otro jardincito intermedio, y más allá, en la otra orilla, la vivienda de la señora doña Rosa, hija de los hacendados, casada con el químico vitivinícola italiano don Piero Albrizio. A continuación de la de doña Rosa, la casa-hacienda con la capilla vecina y las arquerías; luego, el espacio abierto ya descrito; las instalaciones donde se machucaba la uva y extraía el mosto, trujales y lagares donde procesábase hasta convertirlo en vino, en oporto, en cachina; la alcatara y alambiques para pisco; y ahí cerca, las formaciones en hileras de pipas, cubas y barriles.
En cierta ocasión jugábamos varios niños a pocos metros de la fachada de nuestra casa. En éso vi correr hacia nosotros a uno de los jardineros que en ese momento trabajaba regando el jardín. Venía rápido con una lampa en la mano. Sucedió que sin que nos diéramos cuenta salió una víbora de la colca o del depósito ferretero contiguo. El jardinero la golpeo contra el suelo varias veces fraccionándola en otros tantos segmentos. Cuando me acerqué ví que se movía cada sección de la víbora. La oportuna presencia del jardinero y lampa nos preservó la salud.

Mi abuela Luisa, y mi mamá sosteniendo en brazos a Luis. Con ellos, mi hermana Diana y yo (1951).
Jardín central de la casa-hacienda. El inmueble del fondo, junto al auto y al árbol fue nuestra vivienda. Al lado, el portón de la colca.
La víbora apareció allí donde está el automóvil.
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Se pasaba otro espacio y se llegaba a las oficinas de la Hacienda. Contigua a éstas pero por la parte de atrás, hacia la acequia, había un taller de carpintería y un canchón para domicilio de vacas. Pasando el canchón se llegaba a otro corral, esta vez de ovejas y carneros, cercado por empalizada delgada y sin techumbre, y, más allá todavía, las rancherías de los campesinos, obreros y trabajadores manuales de la finca, a las que la acequia ponía límite. La acequia hace tiempo desapareció. Franqueando la acequia, algodonales: extensiones de Sol, aire y colorido. Quien vaya ahora a la Hacienda San José la encontrará con muralla que la circunda, como museo que llegó a serlo sin quererlo, como un remanso del pasado, como un albergue pretérito, como un refugio de siglos idos, como remotísimo espejismo del desierto. Las viñas y algodonales decenios ha que se frustraron, se malograron, los destruyeron, desaparecieron, se volatilizaron como consecuencia de la reforma agraria del General Velasco Alvarado, y, en vez de ellos ocupan su lugar construcciones, casas y edificios allí donde la vid crecía colmando sarmientos, donde parras y racimos abrazábanse en los abrasados espacios luminosos.
Recuerdo el olor que salía del edificio blanco, encalado, enjalbegado, allí donde estaban los lagares, la alquitara, los depósitos, las hileras de cubas y pipas de madera añejándose el vino. Afuera, el orujo de la uva en multitud de barricas, los hollejos machacados. Más allá, tarugos y cuñas en el suelo; duelas, aros y remaches de metal para reparar los toneles.
He mencionado el pozo que suministraba agua a la Hacienda. Quedaba a unos 200 metros de distancia, por lo menos, y para llegar hasta él había que caminar sendero de tierra flanqueado por dos filas de árboles que dejaban caer especies de caparazones pequeños en forma de corazón, como dos tapas de ostra unidos por charnela, marrones, duros, con una grieta entre tapa y tapa, susceptibles de separárseles con poco esfuerzo. El ambiente olía a miel, a dulzura, a néctar de flores, a paraíso terrenal.

El señor don Piero Albrizio y su esposa la señora doña Rosa. Entre ambos, una dama desconocida para mí.
Camino de la casa-hacienda al pozo de suministro de agua. Al fondo, entre el primer y segundo árbol, insinúase la torre de la capilla malatestina. Las viñas que se adivinan al costado del auto hace tiempo dejaron de existir para convertirse en urbanizaciones.
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

El señor Aibar (o Aivar) se encargaba de su funcionamiento. Siempre lo veía metido en su indumentaria tiznada, enfundado en su mameluco untado de grasa, en su overol de mecánico, con llaves y aceiteras en las manos, tan movedizo como las bielas y los ejes que lubricaba, acostumbrado al ruido de las bombas eléctricas y al fluir acuático que manaba del subsuelo, como alfaguara vivificante y transparente que emerge a la superficie, cuyos mantos freáticos por entonces eran de mayor abundancia que los actuales. Hacíale honor a la palabra quechua Ica: agua que emana de la tierra.
Si desde el Pozo hubiésemos tomado la vía recta y nos hubiéramos dirigido hacia la Avenida Matías Manzanilla antes habríamos tropezado con la finca de don Fulgencio, que era anciano casi nonagenario. Don Fulgencio tenía en su huerta altos árboles repletos de higos y de pacaes, que él trepaba sin hacerle caso a la edad que llevaba sobre los hombros, tirándonos montones de frutos, bombardeándonoslos desde las alturas. Higos y pacaes en la lontananza de mis reminiscencias se relacionan y asocian con don Fulgencio trepando árboles. Volvamos al Pozo.
Si en lugar de tomar la vía recta y desde el Pozo del señor Aibar girábamos a la izquierda, ingresábamos en la más maravillosa de las alamedas iqueñas que recuerdo en mi vida. Dificulto que hubiera otra igual, ni similar siquiera en este Planeta Tierra. Era de no más de 300 metros. Iba ésta hasta juntarse con el camino en la curva hacia la Huega y Huacachina. Imagínense un paseo o calle arbolados, con ficus o robles o lo que fuere, de abundante ramaje, de robustos troncos de un metro de diámetro, por lo menos, que hacían túnel hacia el Jardín del Edén, hacia la gloria celestial que eran la Huega y Huacachina. En el centro había dos carrileras de unos cuarenta centímetros cada una, que coincidían con las ruedas de los vehículos. En la parte correspondiente entre esta alameda y la Avenida Matías Manzanilla, prosperaban terrenos de chacras, sembríos, algodonales. Al costado que daba hacia la Hacienda hallábanse algunas de las viñas malatestianas y sanjosecinas: justo al borde del camino, de este lado corría un riachuelito, o simple cauce cuando estaba seco, que en ocasiones dejaba fluir agua y, en otras, permanecía vacío, cuyo lecho lo constituía arena fina. Allí jugábamos Diana y yo. Era arena fresca, limpia, acogedora para recreo nuestro, para solaz de los niños, para escribir sobre ella el destino de cada uno.
Fue a lo largo de esta alameda que sirvió de tránsito para el circuito de carreras de carcochas que hubo en el 1949. Las recuerdo de todos los colores, convertibles la mayoría, con sus pilotos con cascos, vestidos como aviadores de la Primera Guerra Mundial. En eso ocurrió un pequeño choque: uno de los bólidos se estrelló contra otro y ambos conductores carcochistas saltaron sobre la borda de su respectiva carrocería, calancudos ellos, patimétricos y zanquilargos que daban la impresión de chupajeringas humanas.
Era al final de la misma alameda, en el extremo contrario al Pozo de Aivar, sombría y grata en el arrebato de su éxtasis, cuando en verano esperábamos uno de los dos o tres ómnibus – que primero fueron camiones – ómnibus pintados de amarillo y rojo, que hacían recorrido entre el centro de la ciudad y las nunca olvidadas Huega y/o Huacachina. Para llegar a la Huega desde este sitio era necesario continuar unos centenares de metros y tomar el desvío de la izquierda. Era éste lugar ameno, delicioso, paradisíaco; laguna más redonda y pequeña que la de Huacachina, rodeada de dunas y palmeras. Las únicas construcciones que recuerdo eran los cuartitos donde los bañistas se cambiaban. Siguiendo la inveterada costumbre peruana de cómo tratar lo bello, de la Huega no ha quedado sino vertedero de basura e inmundicias.
Pero si no se tomaba el mencionado desvío a la Huega sino que se continuaba de frente, íbase, como todavía ocurre, a Huacachina, que casi la siguió en su desgraciado destino y estuvo en peligro de secarse. Para salvarla -lo que demuestra que se puede cuando se quiere- se las ingeniaron para acarrearle agua por tuberías, cuyo líquido carece del sugerente olor penetrante y característico primigenios. Pero Huacachina perdura, y eso es bastante.

Vista panorámica de la laguna de Huacachina desde uno de los cerros circundantes
Fuente: Foto tomada de internet

Los recuerdos más lejanos, las escenas más remotas y antiguas de mi vida son precisamente de la Hacienda San José. Me conmuevo y emociono cuando los evoco y me viene a la memoria referencias como la fecha del 15 de enero de 1948 … Luego diré porqué. Al igual que los muebles de la casa, mi padre trabajando la madera me hizo un porfiado, trompos, un tractorcito, un velero, un jeep de casi dos metros en el que yo entraba, pedaleaba y avanzaba manejándolo yo mismo; además, nos hizo a mi hermana y a mí un columpio también del mismo material: madera. Ambos estaban sujetos al mismo travesaño sostenido por la misma base, que eran cuatro patas largas en forma de V invertida. El lado del columpio de mi hermana Diana era una silla. El mío, un caballito. Ese día jueves 15 de enero de 1948 – serían las 10.00 de la mañana, de una mañana soleada y trasparente, de firmamento excepcionalmente hermoso, como todos los de Ica –, estaba yo columpiándome en mi caballito cuando mi mamá salió de casa y me preguntó:
– Dime, Pupo, ¿de qué color quieres tu torta?
– ¿Qué colores hay? – inquirí–.
– Estos … – y me enseñó cuatro frasquitos de esencias, pomitos de etiquetas y tapones enroscados de los colores que contenían –: rojo, amarillo, azul y verde. Los observé y le señalé el verde:
– ¡Quiero éste!
– Muy bien, Pupo,… Sigue aquí jugando en tu columpio y no te me vayas lejos.
Se dio media vuelta y entró en la casa para cubrir la torta con baño verde.
Ese día de mi tercer cumpleaños descubrí que el verde es mi color preferido. Fue también hito de mi existencia porque desde allí, desde este preciso fechado instante también arranca el registro de mis recuerdos. Mi presente se fundía con mi ayer, y ambos prácticamente eran una y la misma cosa. Con el devenir del tiempo enriqueciose mi pasado, se abultó la carpeta de mis hechos y experiencias, de mi mundología, de mis evocaciones y remembranzas, pero también cuanto más avanzo me resulta evidente y siento que en relación proporcional se comprime mi futuro, hasta que llegue el día en que mi ahora y mi mañana sean idénticos.
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Pensar en Ica y en su Hacienda San José es traer a la memoria a personajes como el camionero Candelario, a quien llamaban Candico. Candico fue marido de doña Isabel. Uno de sus varios hijos era de mi edad – le decían Chacha –, y era con él con quien preferencialmente yo jugaba. Candico fue hombre trabajador, de piel curtida por el Sol, alegre, risueño. Sus carcajadas descubrían sucesivas migraciones dentales. Me tomaba consigo en el camión cuando tenía que transportar carga a la ciudad. Una vez poseí un cañito con el que jugaba. Lo llevaba en el bolsillo. Fuimos al depósito de algodón que había por donde ahora están las empresas de ómnibus que hacen la carrera entre Ica y Lima. Yo saltaba y me dejaba caer sobre los montones de suaves copos blancos. Cuando hubimos de regresar a la Hacienda y nos hallábamos a medio camino, me percaté que no tenía el cañito en el bolsillo, y Candico tuvo la paciencia de regresar y buscarlo, pero no lo encontramos a pesar de sus esfuerzos y buena disposición, y me quedé sin mi juguete pero con el consuelo de las palabras de Candico.
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El señor Meza fue otro personaje de aquellos tiempos. Empleando cañas tejía canastas y cestos de los más variados tamaños y formas. Cuando trabajaba la caña, Meza empleaba manos y pies transformándose en huso humano. El señor Meza urdió la canasta que sirvió de cuna a mi hermano Lucho. Mi padre hizo la base con ruedas sobre la que se colocó la canasta que le encargó a Meza. Un día a Meza lo mandaron a fumigar algodonales y, deseoso de experiencias, púsose en la boca la manguera de la fumigadora. Por poco se muere el huso humano; por poco la Hacienda se queda sin las canastas de Meza.
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Otro, quien sí jamás bebía, fue Toribio el tractorista. De Toribio también me acuerdo su permanente sonrisa. Corría a su encuentro cuando yo oía a lo lejos el trac, trac, trac, trac del motor del tractor viniendo desde la dirección del Pozo. Toribio paraba la máquina y me subía, y así, desde la cúspide del asiento regresaba yo feliz a la Hacienda.
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Había una señora de raza negra, de nombre Candelaria, que caminaba con un atado a las espaldas, como si hubiera nacido con él, sujetándolo por sobre el hombro y, por lo tanto, inclinada hacia adelante, como si de subir cuestas se tratara. Algo me sobrecogía de esta señora doña Candelaria: quizás en mi imaginación infantil la creía maestra en hechicerías cachicheñas, y la afiliaba con conciliábulos de duendes, con conspiraciones de brujas, con aquelarres y encantamientos.
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El jardinero don Juan Anchante era hombre de unos cincuenta años. Trigueño él, de contextura fornida, de caminar con las manos ocupadas tirando mangueras como jalando cabos, como los vaporinos, llevando en ellas algún rastrillo, tridente, hoz o tijeras de las grandes, siempre servicial y atento. En Ica caían aguaceros copiosos, y cuando tal cosa ocurría el techo de la casa dejaba pasar goterones. En cierta oportunidad mi madre le pidió a don Juan Anchante que cubriera las goteras, las perforaciones del cieloraso, y él, con ayuda de escalera de mano que apoyó contra la fachada blanca subió inmediatamente al techo. Recuerdo cuando mi mamá le advirtió que tuviese cuidado porque el techo estaba de mírame y no me toques. Don Juan Anchante le respondió:
– Uno, señora doña Augusta, muere en el día, no en la víspera.
No sé si pasó mucho o pasó poco, posiblemente no transcurriera ni un mes, ni dos semanas siquiera de este suceso. Una mañana temprano, cuando salí de casa noté varios corrillos de personas que comentaban en voz baja: durante la madrugada la mujer de don Juan Anchante sintió que éste roncaba de manera desacostubrada, extraña: un ataque cardíaco lo sorprendió durmiendo y falleció fulminante, repentinamente.
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Don Genarito era hombre de edad provecta. Por entonces había superado la mitad del octavo decenio del parto que lo trajo a este mundo. Era espigado, delgado, más alto que bajo, lo que significa que en sus buenos tiempos aventajó el promedio de estatura general. Siempre atildadito y limpio. Siempre alisado, como si le hubieran planchado el terno con don Genarito puesto. Como si una aplanadora hubiera pasado sobre él y su terno. Era un anís. Unas veces vestíase con su ternito de color azul claro y, otras, con el marrón, los dos a rayas delgadas. Denotaba rancia elegancia, prestancia, porte, distinción… ¡La decencia obliga! Con ambas vestimentas llevaba chaleco y me gustaba verle su chaleco, donde una cadenita de plata bajaba desde el botón cercano al corazón hasta el bolsillo izquierdo. Don Genarito fue un archivo y a la vez abastecedor de estampitas religiosas, que regalaba a mi hermana Diana. Diana se le acercaba cuando lo veía, y él, sin que nadie le dijera nada sacaba su misal y pasaba sus hojas, de las que extraía una o dos cartulinas con sus respectivas viñetas de algún varón o fémina beatos o canonizados. Con el amparo de don Genarito mi hermana Diana llegó a tener buen número de estampitas, que coleccionaba junto a platinas -papelillos coloridos de chocolates-, que alisaba con la uña del pulgar derecho.
En una ocasión para su mala suerte, don Genarito prometió regalarme una bolsa de bolas, de ésas con que los niños juegan, hechas de vidrio, y que hasta ahora se venden y compran en los mercados del Callao y del Perú. Bolsas donde vienen cien unidades, cien bolitas de diversos colores, dentro de una malla amarilla. Oportunidad que lo veía era preguntarle:
– ¿Cuándo me trae mis bolas, don Genarito?
Una tarde – serían las tres o tres y media –, estando afuera, jugando en el jardín central de la casa-hacienda, correteando sapos, que me gustaba meterlos en el agua para verlos nadar y bucear, vi a don Genarito y me le acerqué. Le recordé su promesa. En ese momento Graciano Muñante, el chofer de la Hacienda partía para una gestión en la ciudad. Sin consultar con nadie don Genarito y yo subimos al auto y nos fuimos con Graciano. Llegados que hubimos Graciano estacionó el carro en uno de los lados de la Plaza de Armas. El venerable anciano y yo nos bajamos y fuimos hasta la tienda del señor Pun, y me compró las ansiadas bolas. Dentro de la bolsa, que era, repito, una red amarilla, las había de todos los colores, sin que faltaran las lecheras o lecherongas, ésas de la buena suerte. Cumplida tan importante y principal parte del negocio, ambos regresamos a la Plaza de Armas y al auto, donde nos reencontramos con Graciano que había ya realizado el encargo que lo llevó a la ciudad, y muy orondos y sueltos de huesos deshicimos el camino hacia la Hacienda.
Todo fue llegar y noté que algo raro ocurría: ante mi repentina ausencia mi mamá salió a buscarme y no me vio por ningún sitio. Pensó lo peor. Pensó que me había ido más allá de la carpintería, más allá del canchón de vacas y del corral de carneros destechados, hasta la acequia en que franqueándola y atravesando campos se llegaba a Cachiche, y en su imaginación desesperada me veía caído en sus aguas, jalado por la corriente, correntada que me habría arrastrado sin posibilidad de salvación. Mi mamá lloraba. Los circunstantes la circundaban y consolaban, y le aseguraban que sí, sí me habían visto jugar en el jardín, pero no irme en la dirección que ella sospechaba y temía.
Llegamos, digo, y Graciano estacionó allí cerca del grupo. Al abrirse la puerta trasera don Genarito y yo bajamos sonrientes, dichosísimos. En mis manos portaba la bolsa de malla amarilla con bolas que don Genarito me regaló. Mi mamá, liberada del peso de la angustia, corrió hacia mí, me abrazó con fuerza y lloró imparablemente.
Habiéndome referido a don Genarito, agregaré que el hecho que yo lo quisiera y estimara no impedía que le jugara alguna mataperrada. Ésta consistía en que cuando iba a la casa y conversaba con mi mamá o con mi abuela Lucha, no bien él entraba cuando yo por detrás suyo, y sin que mis mayores lo advirtieran, silenciosamente le seguía los pasos con el flit, fumigándole con DDT las espaldas. Don Genarito era sordo, pero conservaba el sentido olfatorio puesto que tosía y estornudaba de acuerdo a la intensidad de la vaporización a que lo sometía. Cuando lo victimizaba, sin darse cuenta que yo era el responsable de las pulverizaciones, les decía a mi mamá o a mi abuela:
– No sé, señora doña Augusta (o señora doña Luisa) por qué carraspeo, toso y estornudo cuando vengo a esta casa … Algo hay aquí que no me asienta.
Espero que don Genarito, allá donde él está, me haya perdonado las travesuras infantiles. Que sepa que hasta ahora le guardo gratitud por comprarme las bolitas prometidas.
***
Quizás, de todos los miembros de su familia, fue la señora doña Rosa quien tuvo más cercanía con nosotros, al menos conmigo, ello porque su casa y la nuestra daban frente por costado, respectivamente. Recuerdo que había un porongo que superaba mi estatura, de arcilla color anaranjado ladrillo a pocos metros de la fachada de mi casa, que me gustaba golpearlo para escuchar la grave, queda y amortiguada resonancia que emergía de su embocadura, eco incrementado si lo percutía con objeto duro. Anhelante de efectos sonoros, en cierta oportunidad -tendría yo por entonces cuatro años- eché mano a una piedra … No tardó en aparecer la señora doña Rosa:
– Diana … Dianita… Dile a Pupo que no golpee el porongo porque lo puede romper.

La señora doña Rosa Malatesta de Albrizio (1908-1989)
Obsérvese la efigie de su padre en el broche
Fuente: Foto propiedad del autor de la narración

Ya en mi edad adulta intercambié cartas con ella, y fue la señora doña Rosa quien me proporcionó las fotos que me pertenecen y que ahora publico en este relato. Recuerdo que le envié una mía tomada en Estonia, donde aparecía yo de espaldas. Doña Rosa me respondió con el comentario:
– Pupo …: nunca más ya nos veremos en esta vida.
Doña Rosa murió en 1989 dejándome un vacío en el alma.
***
Para airear las camas mi mamá solía enrollar los colchones y dejarlos sobre las mismas, operación que efectuaba también con el colchón sobre el que dormíamos con mi abuela Lucha. Fue un atardecer cuando lo vi enroscado y a modo de manjar blanco en pionono me metí dentro de él. Al poco rato me llamó mi mamá, que no me veía y había quedado nerviosa con la reciente experiencia de la acequia y de las lecherongas de don Genarito:
– ¡Pupo!
– ¡Aquí estoy…! – le contesté –.
A pesar que estábamos en la casa y hasta en la misma habitación o, moviéndose ella en cuartos contiguos, mi mamá escuchaba mi voz distante, lejana, remotísima.
– ¡Pupooo!
– ¡Aquííí estooyyy! – le respondía –.
Buscaba por todas las habitaciones y por todos los rincones, y como mi voz, aparentemente venía desde la distancia de varios kilómetros, desde algún sitio incierto y escondido del Universo, pensó que le respondía desde afuera. Salió, pues, por la puerta falsa, y miró detrás de los árboles, detrás de las plantas, y nada. No me encontró detrás de nada. Simplemente no me encontró. Por unas rejas de madera que allí había junto a unos arbustos de naranjitas Quito oteó hacia los viñedos. Tampoco nada. Caminó hacia la casa y me llamó de nuevo:
– ¡¡¡Puuupoooooo!!! – gritaba ya con desesperación –.
– ¡¡¡Aquí estoooooyyy!!!
Y así duró el juego hasta que me descubrió y me resondró.
***
En la oficina, con mi padre trabajaba un señor maduro de apellido Cajo. Cajo era cojo, y usaba bastón para apoyarse al caminar. También era empleado un hombre joven, quizá algo menor que mi papá, de apellido Loli. Loli fumaba y se divertía dándome a escondidas alguna pitada o chupada pucheras, que me hacía toser. Entonces reía. Era su sana manera de divertirse.
***
Refiriéndome al Hospital Obrero de Ica, me viene a la memoria la figura de la señora doña Soledad de la Quintana, quien trabajaba en dicho hospital-maternidad. Fue la señora doña Soledad de la Quintana mujer de grueso calibre y de no muy alta estatura ya que no superaba el metro sesenta, que no estaba mal para la época. Que yo supiera, no era ni médica ni barchilona, sino enfermera-comadrona muy dedicada a ayudar al prójimo, sobre todo a las parturientas. Medio Ica había nacido bajo su atenta mirada. Debajo del guardapolvos blanco inmaculado vestíase con atuendos de colorines, que la asemejaban a ave psitaciforme, más de la amazonía que de tierras iqueñas. Especial atracción constituía su maquillaje. La señora doña Soledad de la Quintana lo usaba a kilos, y se lo untaba profusamente. Había nomás que mirarle el colorete de los labios, de rojo intenso, administrado a la moda de las películas argentinas de la época. No hay pluma que describa las chapas y polvos con que se embadurnaba mentón, mejillas – redondos cachetes en ella – y frente. El negro azabache de pestañas, cejas, párpados y ojeras, como también del pelo, tintes y afeites verdaderamente diabólicos le daban cercano parentesco con las brujas de Cachiche. Conjeturo que tan reputada y célebre dama fue cuco de niños, al menos de los niños chalacos.
***
Hubo otra señora de corazón excelente. La señora doña Delia de Reyes vivía en una de las cuadras, como en la tercera, de la calle donde se halla el edificio de la Universidad. Dejé de verla en 1951 y, cuando once años después fui otra vez a Ica ella se había mudado y nadie me daba razón de su nuevo domicilio. Tanta fue, sin embargo, mi persistencia y deseos de ubicarla que a las dos horas del inicio de mis pesquisas e indagaciones localicé su departamento en el segundo piso de una Unidad Vecinal. La recuerdo sonriente, maternal y cariñosa. Retorno a la Hacienda San José.
Dije anteriormente que el señor don Alfredo Malatesta León fue en Ica el primer propietario de los primeros autos que rodaron por esa ciudad, y del primer tractor con que araron los campos. Los restos del primer tractor iqueño dormían ya el sueño de los justos al frente del corral abierto que guardaba las ovejas y carneros, cerca de la famosa acequia. Allí, hasta lo alto del asiento de metal lleno de huecos como queso gruyere, asiento hecho para facilitar en su día la evaporización y dispersión de flatulencias (que debían ser intensísimas con los pallares y garbanzos iqueños), subía yo a jugar imitando con los labios el trac, trac, trac, trac de su época útil, laboral, cuando el antecesor de Toribio lo manejaba. Al lado había troncos, muchos troncos, que estuvieron por tiempo, y dentro de los cuales las gallinas de los alrededores se entremetían a protegerse del Sol y a poner huevos.
***
Recuerdo el terremoto de Ica del domingo 10 de diciembre de 1950. Sé que fue de noche, quizás de madrugada, pero no puedo precisar la hora. Diana y yo dormíamos y el sismo debió producirse durante nuestro sueño ya que mis padres al despertarnos vi que nos envolvían en frazadas para sacarnos rápidamente de casa. Noté que las paredes estaban cuarteadas y que en muchos sitios se había desprendio su revestimiento, parte del cual se veía sobre nuestras camas. Salimos y así estuvimos buen rato afuera, hasta que la tierra se calmó y los adultos consideraron que era ya tiempo de retornar a casa.
No bien amaneció y tomamos desayuno subimos al chanchito y nos fuimos a dar una vuelta por Ica, donde eran evidentes los daños sufridos por los inmuebles. Llegamos a la Urbanización de Luren y, así como recuerdo, al fondo había una fábrica de reciente construcción. Mi padre bajó y vi cuando tomó un trocito de pared y lo estrujó entre los dedos, pulverizándolo sin mucho esfuerzo, e hizo el comentario que con tal mezcla de cemento no había sido raro el que se viniera abajo.
Estas imágenes son todo lo que conservo de aquel suceso.
***
Los dos o tres automóviles mencionados al principio estaban abandonados al otro lado del edificio enjalbegado del lagar, hacia la laguna, donde cruzando ésta estaba la casa de don Luis Malatesta Boza (1915-2013), uno de los hijos del dueño recientemente fallecido. Quien vaya ahora a la Hacienda San José encontrará parras en lo que por entonces fue laguna de aguas verdosas, huacachinescas, surcadas por patos y cisnes, que en la actualidad pertenecen al reino de la evocación.
También allí los carros estaban a mi disposición. Eran descubiertos. No tenían capota. Los fabricaron convertibles. Las carrocerías, víctimas del Sol por espacio de decenios quedaron imprecisamente azules, pero de garzos desleídos, grisáceos. Eran de color indefinido. Abría sus puertas y me sentaba en sus desvencijados asientos cuidándome de no toparme con alguna alimaña. Enseñoreándome del timón y las palancas recorría los caminos del mundo.
Así, se sucedieron los días, las semanas, los meses y los años hasta que mi padre decidió retornar al Callao.
***
El último viaje Ica-Lima de mi niñez lo hicimos mi mamá y yo con el padre Alcalde, que así se apellidaba uno de los sacerdotes amigos de la Hacienda. Lo hicimos en el Ford de don Alfredito junior (1913- ¿…?), quien además fue padrino de bautismo de mi hermano Lucho. El viaje quizás hubiera quedado relegado al olvido si no hubiese sido por el festivo carácter del padre Alcalde, quien hizo riéndose, al contado y en efectivo, sin plazos ni capítulos, los más de 300 kilómetros que nos separaban de nuestro destino.
El padre Alcalde era más ancho que largo, sin que habiera mucha distancia de su cenit a su acimut, y casi de perfecta circunferencia en la línea ecuatorial que pasaba por su ombligo. Lucía bruñida testa donde ni de muestra le había quedado hebra de pelo para asentar ni alisar. Entre conversaciones y silencios, silencios de mi mamá, que escuchaba atenta, y menos de don Alfredito junior, que ejercitaba la palabra denotando que no sufría de afasia, intercambiaba temas con el padre Alcalde, que hablaba y reía por los cuatro juntos, llegamos a Jaguay, que no pasaba de ser lugarejo con unas cuantas chozas de carrizo y cañas de bambú y techos de paja, punto terráqueo en el que don Alfredito aparcó para que almorzásemos.
Las mesas eran elementales: una plataforma maciza sostenida por cuatro fornidas patas redondas. Las sillas del mismo estilo, con asientos de totora, así como hacían y hasta ahora hacen las silletitas para que jueguen las niñas. El menú que tomamos fue en parte marítimo -si no estoy demasiado descaminado-, que consistió en chupe, y en un segundo plato de carne, papas fritas y huevos. Sí recuerdo como si hubiese sido ayer que el padre Alcalde fue quien más entusiastamente recibió el condumio manducándolo entre risas y jolgorios de principio a fin tras señal de la cruz y oración respectiva, brevísimas. Al concluir y levantarse los manteles expresó sapiencial sentencia que hasta ahora me suena en los oídos:
– ¡Barriga llena, corazón contento!
Quien vaya ahora a Ica, desde algunos sitios de la Avenida Matías Manzanilla o desde ciertos puntos del camino a Cachiche, a Comatrana o a Huacachina verá la cruz -si es que no se ha venido abajo por el peso de los años y de los pecados del mundo-, si es que aún se alza en la punta de la aguja de la torre de su capillita, de la que pendía la campana que don Alfredo Malatesta León tilindondoneaba jalando la soguilla, a las 12.00 del mediodía y a las 6.00 de la tarde, invitando a la oración del Ángelus.
La Hacienda San José, a modo de feudo o castillo o alcázar fortificados, medievales, se encuentra rodeada de murallas, pero sin foso -sin siquiera la acequia en dirección a Cachiche-, donde alrededor del mismo baluarte apareció y creció esa parte de la ciudad desarrollándose de manera inesperada como consecuencia de la reforma agraria. Se debe a puro milagro que lo que queda de los predios malatestianos todavía no hayan sido engullidos, devorados, embuchados o tragados inmisericordemente por el cemento armado. Si tal cosa aún no le sucede a la Casa-Hacienda San José de la familia Malatesta es para que no se ponga en entredicho el Poder Divino, quien de vez en cuando, aunque rarísima y extemporáneamente en las cosas humanas, compadeciéndose de lo bello terrenal, realiza milagros preservándolo.

Ricardo E. Mateo Durand
El Callao (Perú)
Tartu (Estonia)

 

 

 

 

 

REMINISCENCIAS DE MAMÁ

Juana Agripina Panezz Carliere
                (¿1907?-1974)

Quiero empezar diciéndoles que voy a escribir y referirme a este ser maravilloso que marcó mi vida, a la que amé y amo, a la que extraño y rememoro, a la que aún necesito, a pesar de mis años: MI MADRE. Ella, a diferencia mía, fue hija única; yo, la última de doce hermanos. Pero igual, las dos fuimos engreídas, ella por ser hija única, y yo, por ser la última.

No sé exactamente el año de nacimiento de mi progenitora, pero conjeturo que más o menos sería por 1907. Tiene una historia de apellidos por razones de herencia que reputo interesante: mi abuela materna fue mezcla de francés con italiano y, para su tiempo, mujer de cultura. Leía mucho, y fue lo que sin temor a exagerar designamos de verdadera autodidacta. Llevada de sus inclinaciones, se especializó en leyes, y merced a esta erudición y a sus conocimientos, por la gente de su pueblo fue conocida  (valga la redundancia) como consumada jurista, tanto que las personas iban a su casa para hacerle consultas legales. En primeras nupcias se casó con un individuo de apellido Panezz, que, según cuenta mi madre, fue hombre abusivo y agresivo, y maltrataba a mi abuela constantemente. Pero como todo tiene su límite y mi abuela jamás fue mujer que permitiera que la vejaran, siendo dueña de una personalidad bien formada e independiente cierta madrugada optó por escaparse, cosa que hizo a lomo de mula, yéndose a esconder a la casa de un pariente donde estuvo varios meses sin salir. Felizmente ella y el señor Panezz no tuvieron hijos, los cuales hubieran sido un impedimento para la separación y freno para su fuga con la consiguiente perennización de su victimización y maltratos. Lo que ahora refiero nos contó mi mamá agregando que el marido de la abuela la buscaba también a lomo de mula.

Pasó tiempo -alrededor de año y medio o dos-, cuando la abuela conoció a un caballero de apellido Martínez, y tuvieron una hija : ¡MI QUERIDA MADRE!

Como se imaginarán, la historia no queda aquí: el tal señor Panezz se puso grave, y muy enfermo hubo de internarse en el hospital prácticamente desahuciado. Debido a que no existía el divorcio en aquella época, mi abuela, al enterarse de la gravedad de Panezz lo pensó muy bien, hizo cuentas y fue a visitarlo llevando a mi madre con ella. Mi mamá recordaba que antes del encuentro así como ante la cama del doliente mi abuelita le aconsejaba : Saluda, Juanita, a tu papá. Todo esto ocurría en circunstancias que el enfermo ya ni hablaba. Mi madre, pues, lo saludó como si de su padre se tratara y el moribundo dejóse acariciar por una niña inocente creyéndola hija suya.

Mi abuela como, dije anteriormente,  tenía conocimientos de leyes, y sabía que mi madre era heredera universal. Por ser hija única del señor Panezz le correspondía heredar sus bienes  a los que tenía pleno derecho, legitimidad que nadie puso en entredicho. El lector perspicaz se dará cuenta por qué mi progenitora cuando cumplía años repetía:

Mi mamá me aumentó tres años.

Así, teóricamente hacíala coincidir con su época de convivencia con el señor Panezz, debido a lo cual, por ejemplo, al celebrar su sexagésimo aniversario de cumpleaños, ella,  mi madre, decía:

Yo NO cumplo sesenta sino cincuenta y siete -y explicaba por qué-.

De ahí deriva que nosotros, sus hijos, tenemos doble apellido materno, uno que es el  legal, que como tal figura en los registros, en el Documento  Nacional de Identidad,  y, el otro, que es el real -y yo diría que el verdadero-, ya que hubo reconocimiento familiar admitido y afecto de ambos lados.

Recuerdo que cuando yo era niña de unos ocho o diez años, mi abuelo Martínez yaciendo en su lecho de muerte desveló el secreto, que era otro sino que tenía una hija llamada Juana Panezz Carliere, pidiendo que la busquen y la reconozcan. Falleció mi abuelo luego de este testimonio. Sus deudos la buscaron y la hallaron, y hubo gran reunión, o sea fiesta de toda la parentela, festejo en donde mi mamá encontró hermanos y familia; por nuestra parte, nosotros descubrimos primos hasta entonces desconocidos. Fue un encuentro altamente emotivo. Allí vi a mi madre felicísima como nunca, y ella y los suyos se abrazaban constante, ininterrumpidamente.

Sí, era claro que en esa época resultaba criticable y hasta escandaloso tener criatura natural, ilegal, extramatrimonial como se le designa ahora, lo que significaba fuera del matrimonio, por eso lo del secreto.

Mi mamá siempre fue la que ponía orden en la casa. Mi padre nunca la contradijo, pero ella nos jaloneaba y zamaqueaba cuando lo juzgaba oportuno, y nos daba buenas palmadas. Decía :

Todos tienen que hacer las cosas de la casa … Y todos cumplíamos.

Como era profesora, sabía organizar los horarios y ponía el cuadro indicador de tal forma que alternaba las responsabilidades de cada uno de nosotros, de lo que iba a hacer cada uno en nuestra casa, aparte de las obligatorias labores escolares.

Era yo grandecita pero no entraba en el horario que mi mamá hacía, ¿por engreída?: por ser la última y porque no me vieron crecer. En algún momento, no obstante, mi madre se percató que yo no hacía nada… Como era yo la más engreída y la preferida de mi padre, ella buscó la forma que yo aprendiera, que me instruyera en lo necesario para la vida, y cumplió su cometido incluso de manera inadvertida, desprevenidamente, sin que yo misma me diera cuenta.

Mis padres tenían otras ocupaciones ya que además de sus trabajos cotidianos y de sus quehaceres rutinarios, puesto que ella era profesora y él, comerciante, tenían, repito, como negocio principal un salón de billar donde había cuatro mesas  para principiantes, así como el envasado, encorchado y etiquetado de nuestro pisco. El negocio de la gaseosa lo manejaba prácticamente mi madre, porque disponía de más tiempo y llevaba la formula en su cabeza, que era la receta para elaborar dicha gaseosa a la que le  pusieron el nombre de Rojas por su color rojo intenso. El negocio estaba situado en La Mejorada. Por si alguno de mis lectores no supiera qué es La Mejorada, mencionaré que se trata de un pueblito cercano a Huancayo, pero perteneciente al departamento de Huancavelica. A La Mejorada se puede ir también por tren: el renombrado y famoso Tren Macho. Como es de dominio público, la población le puso nombrecito porque decían que hay  que tener agallas para subir tremendas pendientes de los cerros andinos, y el afamado trencito salía cuando quería y llegaba cuando podía.

Haciendo bromas acerca de esto contaban a modo de bufonada, por ejemplo:

– Cuando el tren no podía seguir subiendo la tremenda cuesta, se salía a lo macho de los rieles para seguir por tierra.

La otra inocentada que me acuerdo era:

– El conductor del  tren le dice a un paisano que iba caminando cuesta arriba: sube paisa que te llevo en mi máquina, a lo que el paisanito le responde: NO PAPAY, A PATITA NUMÁS, ISSSTOY APURAU… ¡GRACIS!

Para quien no haya estado por esas regiones de nuestro Perú, agregaré que la carretera y los rieles del tren corren paralelos, sólo los separa el Río Mantaro. Pasan por La Mejorada y en algún momento se bifurcan: la línea férrea, hacia Huancavelica; la carretera, hacia Ayacucho.

Siempre iban mi papá o mi mamá o, a veces, llevaban a los más pequeños, lo que ocurría durante las vacaciones escolares o algún fin de semana largo. Pero esta vez mi madre esperó las vacaciones escolares y me llevó con ella. Fuimos las dos solas.

Teníamos una casita muy bonita de dos pisos, que estaba prácticamente incrustada o enclavada en una pendiente. El primer piso mis padres lo alquilaron. Para nosotros quedó el segundo piso, donde había un balcón muy grande y espacioso del que se disfrutaba lo que abajo discurría. Estando allí podíamos gozar del grandioso panorama.

De día se apreciaba un verdor incomparable porque el Sol andino hacía brillar todo. El cielo era azul y transparente: ¡Algo impresionante! Por la vegetación apenas se adivinaba la carretera y, más allá todavía, cruzando el Río Mantaro, los rieles del tren, tapados casi por los cipreses y eucaliptos divisábase un pueblo tranquilo, lleno de paz, sosegado, realmente hermoso de día y de noche, sobre todo cuando sumíase en las sombras nocturnas y el cielo llenábase de estrellas. En panorama distinto, pero de igual belleza, veíanse las pequeñas casitas con luces tenues que daban la impresión de estar ante un Nacimiento Navideño … Era pues hermosísimo apreciar toda esta panorámica, incluyendo, repito, el cielo límpido, transparente, copado y tachonado de innumarables cuerpos celestes que cautivaba a cualquiera de incomparable e inolvidable emoción.

Me fui feliz con mi madre a aquel sitio de mis sueños, a La Mejorada. Al costado de nuestra casita funcionaba la fábrica de gaseosas de propiedad de mis padres donde sólo teníamos que bajar y a unos pocos pasos hallábase el local de la fábrica. Fue en este viaje cuando mi mamá, así como jugando me enseñó a cocinar, de manera que yo no lo sentí ni me di cuenta de sus intenciones.

Lo primero que me enseñó fue a hacer Arroz a la Jardinera… Me explicó cómo se hacía, y yo aprendí. Me dejó inmersa en mis responsabilidades culinarias. Recuerdo mucho que cuando regresó de la fábrica el Arroz a la Jardinera estaba ya listo y, ¿saben qué hizo?: Me alabó mucho a la vez que le daba ambiente de fiesta. Me decía que nunca había comido tan rico arroz… ¡¡¡Qué fina e inteligente ¿no?!!! Naturalmente, ella le puso un bistec con huevo frito encima. En cuanto a mí, de verdad les digo que tanto me encantó que quería seguir cocinando. Así, con esa inteligencia, amor, cariño y vivacidad aprendí varios platos, y regresé a Huancayo, e inmediatamente, como no podía ser de otra manera, me introdujo en el horario de los quehaceres de la casa, pero seguí igual de engreída.

Ella fue cocinera excelente. Poseía una sazón exquisita, por la que todo el mundo la elogiaba puesto que jamás hubo nadie que no le gustara su comida. Preparaba cualquier plato, yo creo que conquistó a mi papá con su comida, por el estómago, así como se acaramela a los hombres, eso se dice ¿no?.

Si me remontara a tiempos anteriores a los que narro, mi abuela no quería que hiciese nada en la casa, sólo que estudiara y se formara como profesional. Por lo mismo todo se lo hacía su madre. Apenas terminó sus estudios se casó con mi papá. Mi progenitora con él y por él aprendió a cocinar. En un principio, según expresión suya, no sabía ni hervir agua, pero se aplicó y aprendió. Creo que hasta podía decirse que fue una verdadera chef. No sólo en la teoría sino sobre todo en la práctica manejaba los presupuestos a la perfección, administraba el cálculo por la cantidad de personas; si había mucha o poca comida ella servía a todos sin que le faltase ni le sobrase. En cuanto a la  presentación, el decorado todo era de buen gusto y de máxima excelencia. Ella hizo que a mí me gustara la cocina. Fue, como yo, profesora: tenía método, y mucha paciencia, sobre todo muchísimo AMOR, así, AMOR con mayúscula.

Mi madre solía manifestar: No quiero, que mis hijos, en especial mis hijas sufran lo que yo he sufrido por no saber cocinar y hacer las cosas de la casa. Tienen, además, que ser profesionales y trabajar por una remuneración, pero también deben saber manejar y administrar su hogar porque de esta manera estarán en posición de desempeñarse por sí mismas, con o sin ayuda doméstica. Habrá que realizar esfuerzos adicionales, que sin duda se harán porque sólo así sabremos controlar sin que nos hagan creer otras cosas, y evitaremos que nos hagan pasar un crudo por un cocido, gato por liebre. Cuando así trataban de engañarla, en infinidad de ocasiones se daba cuenta y tenía que hacerse la  desentendida, pasar por tontita, ello por la necesidad. Apoyándose en lo referido, mi madre comentaba que si hubiera sabido cocinar o hacer lo necesario no habría sufrido las ausencias  de las empleadas y ella sola lo habría concretado por la noche o en la madrugada, antes de irse a trabajar… Ya buscaría después con paciencia una persona que la apoyara en los quehaceres, ¡vaya que si lo necesitaba!: éramos muchos… Ya me imagino yo, sólo con la lavadera  de ropa ¡y en su época, que todo era a mano!

Ella, como indiqué al principio, trabajaba de profesora para colaborar con mi padre y para autorealizarse, para autosuperarse y enriquecerse espiritualmente sirviéndonos de modelo en la vida. Nosotros, dije igualmente, fuimos varios: siete que yo conocí, viví y compartimos juntos la dicha del hogar. Con ellos -teniendo en cuenta que en esa época el horario de los colegios era de dos turnos-, entrábamos en las 8.00  de la mañana y salíamos a las doce del mediodía. Regresábamos a las 2.00 de la tarde y concluíamos las horas lectivas a las 4.00 o 5.00 de la tarde. Por esta razón en aquellos tiempos ella requería el apoyo de una persona.

La asistencia doméstica que tuvimos nos duraba años, y siempre las personas que colaboraban con nosotros terminaron integrándose la familia, siendo parte de la familia. Yo era la que ganaba con ellas porque también me engreían, y se iban de la casa porque se casaban o porque fundaban su propio negocio. Mas, entre tantas buenas hay excepciones que ahora referiré.

Para entonces yo era una bebé que usaba pañales, y mi progenitora íbase a trabajar dejándome con la empleada, quien me cuidaba. Un día de esos que mi madre se fue a sus ocupaciones, estando a medio camino se acordó de algo, por lo que se vio precisada a regresar, y me encontró en medio de la mesa, yo sola, sin protección. Estaba del torso para abajo desnuda, sin ropa alguna y, debajo de mi cuerpo desprotegido y desabrigado, periódicos acumulados que los había puesto en lugar de pañales, o para que amortiguara mi caída si ésta se producía. A mi pobre madre le afectó tanto, tantísimo situación por demás abusiva, inhumana e irresponsable que cuando pasado el tiempo lo contaba se ponía a llorar a modo de una Magdalena.

Una vez refiriéndoselo a una de mis tías -Esther-, y estando cerca mi padre, escuchando sus palabras, al concluir el relato él, mi padre, apretó los labios en rictus doloroso que yo bien conocía, y sus ojos se humedecían a pesar de los años trascurridos.

Lo que nuestros progenitores hacen para defendernos, ayudarnos, protegernos, buscarnos y ofrecernos lo mejor infinidad de veces los convierten en héroes anónimos para el resto pero no para nosotros, ello por su actitud valiente, intrépida, osada y arriesgada, especialmente la de las madres por ser más sentimentales que los hombres, quienes se guían más por lo racional.

He dejado para el ultimo algunas acciones que tuvo mi madre conmigo demostrándome el gran amor y confianza que me tenía. Yo terminé la secundaria en Huaral ciudad que queda al norte, a una hora de Lima. Fuimos: Mi mamá, mi otra hermana Irma con su hija y yo a la casa de Dora en Huaral. Nos alojarnos allí. Era día jueves por la noche. Este viaje que hicimos tenía dos finalidades: una, la de pasar un fin de semana agradable y alegre cambiando de paso de ambiente; la otra finalidad era solicitar el viernes mi certificado de estudios de quinto de secundaria al Colegio Andres de los Reyes, donde había estudiado, para que me lo entreguen el lunes.

Estos sesgos inesperados siempre resulta doloroso recordar. Bueno, la cosa es como sigue. Llegamos de noche y yo, dormilona como siempre, me fui directamente a acostar yéndose los demás a cenar a un restaurante. En la mañana temprano sentí ruidos de discusión en la sala. Me acerqué, supongo que rascándome la cabeza con objeto de desperezarme. Al verme mi hermana Dora dice ésta:

Quién va a ser pues sino ella que lo tomó … ¡Ella es y nadie más que ella!

… Viéndome que aparecía, mi madre me dice:

Violy,… ¿has tomado 50 soles de la mesita de noche de tu hermana Dora?

Yo, medio soñolienta todavía le respondí:

– ¡Nooo!

Ante esta rotunda negación, mi hermana Dora agregó:

¡Quién más si sólo estaba ella!

Mi mamá le dijo a mi hermana palabras que nunca olvidaré:

Cuando Violeta, mi hija dice no, entonces es ¡NO!. Yo no puedo estar con una persona que le eche la culpa de esa manera; yo sé cómo la he criado -y acto seguido me agregó-:

Coge tus cosas porque nos vamos al hotel -y salimos de su casa acompañándonos también mi hermana Irma con su hija-.

Como el tiempo suele poner todo en su sitio, a modo de aclaración, pasado que hubo este suceso, con el tiempo, pues, mi hermana se dio cuenta que no había sido yo por la sencilla razón que le robaron de nuevo. El responsable era el hijo de la empleada, que vivía con ella. Seguro aquella vez en que yo dormía él entró despacito, tanto que no lo sentí. A pesar de la evidencia de la culpabilidad, Dora nunca me pidió disculpas, mas esto nunca me importó porque tenía el gran consuelo de que mi madre me amaba y creía en mí, actitud que me dio seguridad tremenda para enfrentarme a la vida. Realmente, mi madre para mí -y pienso que para todos- no tiene remplazo y aún a la edad a la que ahora he llegado la extraño y la necesito.

En otra ocasión, ya no fue con Dora, sino con Irma… Mi pobre madre tuvo que hospitalizarse, grave porque tenía medio cuerpo muerto, es decir: había sufrido ataque hemipléjico y  no podía hablar. Cuando se hospitalizó la enfermera le dijo a mi hermana:

¡Sáquele el anillo porque acá se le puede perder!

 … entonces, mi madre no quiso, empuñaba sus manos, las apretaba, pero mi hermana la convenció diciéndole que siempre se lo traería.

Una tarde coincidimos con mi hermana en la visita,  y estando paradas las dos al lado de mi madre, le tomó la mano a mi hermana y se prendió del anillo (tremendo anillo, que era una joya muy valiosa), y no lo soltó hasta que mi hermana se lo quitó poniéndoselo al dedo. Mi mamá lo miró, lo volteó, luego se lo sacó y lo observó nuevamente por largo rato. Viéndola pensé: ¡Cuántos recuerdos le traería ese anillo, ¿no?!

Hecho lo cual mi madre buscó mi mano y me lo puso.

Jamás tocamos el punto con mi hermana, ¡qué grande para mí, ¿no es cierto?!… Esa actitud yo lo valoro tanto, no por el oro ni por los quilates ni por las piedras preciosas, sino por su verdadero valor que es lo que representa y que vale más que cualquier joya: EL GRAN AMOR Y CONFIANZA QUE ME TUVO.       

Ahora termino. Dejo, quizás para más adelante, otras historias increíbles, y una de ellas es acerca de qué fue lo que hizo esta maravillosa mujer -mi madre- para encontrar a su hijo, episodio que ilustra nueva faceta de sus más tiernos sentimientos para con todos nosotros.

Violeta Jaime

Huancayo